Irán en tiempos del sha: modernidad, miedo y desigualdad

A mediados del siglo XX, Irán intentó saltar de una sociedad rural y jerárquica a un país urbano y moderno en una sola generación. Bajo la dinastía Pahlaví—y, en particular, durante el reinado de Mohammad Reza (1941–1979)—las avenidas de Teherán se llenaron de neón y autopistas mientras en los pueblos aparecían maestros, enfermeras y dispensarios. El precio fue alto: un Estado autoritario, una élite cada vez más aislada y una ciudadanía que aprendió a leer y también a desconfiar.

Mohammad Reza Pahlaví con la familia real de Irán en Teherán durante una ceremonia oficial
Colaimages/Alamy

El impulso modernizador: promesas y límites

El proyecto tomó forma con la llamada Revolución Blanca (1963), un conjunto de reformas con ambición de cirugía mayor: reforma agraria, cuerpos de alfabetización y salud para el campo, impulso a la industrialización, participación de trabajadores en beneficios y derechos civiles ampliados para las mujeres. La apuesta buscaba cerrar a la vez viejas desigualdades y acelerar la creación de una clase media moderna. El programa se presentó al país en 1963.

En la práctica, la reforma agraria debilitó a los grandes terratenientes, pero muchas familias recibieron parcelas pequeñas y sin crédito, lo que empujó a millones a emigrar a las ciudades. Los Cuerpos de Alfabetización llevaron a conscriptos con pizarras y cartillas a aldeas donde nunca hubo escuela. Por primera vez, para mucha gente, el Estado no era sólo un recaudador: era maestro, enfermero y burócrata.

Ciudades que crecían más rápido que sus mapas

Teherán se convirtió en un laboratorio de modernidad: autopistas, barrios levantados a toda prisa, rascacielos, planes maestros y proyectos monumentales para escenificar el “salto” al mundo desarrollado. El crecimiento urbano absorbía a los recién llegados del campo en cinturones periféricos: casas de autoconstrucción, transporte saturado, trabajos informales y una sociabilidad que mezclaba tradición y supervivencia. Otras ciudades—Shiraz, Isfahán, Abadán—vivieron trayectorias similares, cada una con su propia relación entre petróleo, industria y servicios. Ese ritmo urbano explica muchas de las escenas de la vida cotidiana que siguieron.

La vida cotidiana: vitrinas brillantes, bolsillos inquietos

En los setenta, el boom del petróleo inundó el mercado de electrodomésticos, coches importados y bienes de consumo. Abrían boutiques, grandes almacenes y cines de sesión continua. La juventud urbana tenía ídolos pop (Googoosh, Vigen), galerías de arte, revistas y un aire cosmopolita. Había, también, un creciente coste de la vida: inflación, alquileres disparados y sensación de que la prosperidad llegaba desigualmente. La modernidad estaba a la vista, no siempre al alcance.

Los contrastes se sentían incluso en lo íntimo. Mientras algunas familias estrenaban frigorífico y TV, otras dependían de redes vecinales y empleos precarios. En la periferia, el “progreso” se vivía más como promesa que como hecho: calles sin pavimentar, agua intermitente, trayectos largos al trabajo.

Mujeres entre la ley y la calle

El régimen amplió el sufragio femenino (1963) y aprobó reformas al derecho de familia (1967 y 1975) que elevaron la edad mínima de matrimonio, restringieron el divorcio unilateral masculino y crearon tribunales de familia. En universidades y oficinas, la presencia femenina también creció, sobre todo en clases medias urbanas. Pero la experiencia real dependía del origen social y geográfico: no era lo mismo una estudiante de Teherán que una trabajadora rural. Además, los cambios legales tensaron la relación con sectores religiosos que vieron en ellos una amenaza a su autoridad cultural y jurídica.

Retrato oficial de Mohammad Reza Pahlaví, 1973
Ghazarians/Wikimedia Commons (PD-Iran)

El precio del orden: censura, seguridad y silencios

A la par de escuelas y hospitales, el Estado desplegó un aparato de seguridad intrusivo. La policía política (SAVAK) vigiló a opositores de muy diverso signo—clérigos, izquierdistas, nacionalistas, estudiantes—y la prensa operó con líneas rojas impuestas. Organizaciones de derechos humanos documentaron detenciones arbitrarias, tortura y juicios de excepción en la segunda mitad de los setenta. La modernidad del escaparate convivía con autocensura, llamadas que se cortaban, reuniones discretas y columnas en blanco.

Estados Unidos y el Sha: alianza preferente

Durante la Guerra Fría, el Sha fue un aliado central de Washington. Tras el derrocamiento de Mosaddeq (1953), Irán se integró en los pactos de seguridad regional (Baghdad Pact/CENTO) y recibió armamento de última generación, entrenamiento e inteligencia. La visita de Richard Nixon en 1972 consolidó la idea de que Irán podía comprar “casi todo salvo lo nuclear”: llegaron los F‑14 Tomcat (único cliente extranjero), radares y asesoría técnica. Hubo también cooperación nuclear civil dentro del programa Atoms for Peace y una presencia notable de contratistas estadounidenses en proyectos civiles y militares. Con la presidencia de Jimmy Carter (1977) entró en escena un discurso de derechos humanos que introdujo fricciones, pero el apoyo estratégico se mantuvo esencial hasta el colapso del régimen. Mientras la geopolítica cerraba filas, la cultura popular abría la vida diaria de millones.

Cultura y trauma: del cine popular al incendio de Abadán

El entretenimiento urbano tuvo un lugar central: el Film‑Fārsi—melodramas, acción, comedia—dominaba la taquilla mientras una “nueva ola” buscaba un lenguaje más realista. La música pop iraní marcó estéticas y hábitos. Todo ese paisaje se quebró simbólicamente con el incendio del Cinema Rex en Abadán (19 de agosto de 1978), una tragedia con centenares de víctimas (cifras disputadas) que actuó como catalizador emocional de la caída del régimen.

La década corta del derrumbe (1977–1979)

Cuando la economía se recalentó y la inflación apretó en ciudades ya tensas, protestas masivas articularon malestares diversos: estudiantes, comerciantes del bazar, clérigos, profesionales y obreros. El “Viernes Negro” del 8 de septiembre de 1978, con disparos del Ejército contra manifestantes en la plaza Jaleh (Teherán), rompió cualquier expectativa de compromiso político. El 16 de enero de 1979 el Sha abandonó el país; el 11 de febrero de 1979 la revolución triunfó. Para algunos quedó la nostalgia del “progreso truncado”; para otros, el recuerdo de una década de lujo, desigualdad y miedo.

¿Qué quedó de aquella modernización?

Quedó una memoria ambivalente. La década del asfalto y las aulas nuevas dejó capacidades administrativas, una población más alfabetizada y una infraestructura urbana que seguiría creciendo. También dejó desconfianza hacia las promesas de progreso sin participación y una lección política: modernizar no es sólo construir carreteras o llevar vacunas, sino tejer acuerdos, distribuir costos y abrir espacios a la crítica. Sin ese componente, el proyecto se volvió estéticamente moderno… y socialmente frágil. La lección es incómoda y clara: sin pactos sociales ni libertades, la modernización se queda en fachada.

Multitud en Teherán ante la Torre Azadi durante la Revolución iraní de 1979
Historic Collection/Alamy

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