Hay frases que parecen diseñadas para atravesar siglos. “Nos quieren quitar lo nuestro”. “Vienen a por ti”. “Si no actuamos ya, será tarde”. Da igual si el altavoz es un balcón, un periódico o una notificación: el miedo sigue siendo uno de los atajos más eficaces hacia el poder.

El miedo como tecnología de gobierno
El miedo no es solo una emoción; en política, funciona como una tecnología de gobierno. Es una forma de organizar el poder a través de la percepción de amenaza. Cuando el peligro parece inminente, aceptamos con más facilidad límites, controles o decisiones que en otro contexto discutiríamos durante semanas.
Cuando una sociedad siente que algo esencial está en riesgo (la seguridad, el trabajo, la identidad, la salud), se vuelve más receptiva a mensajes que prometen control. Ahí el miedo cumple una doble función:
- Moviliza: empuja a actuar (votar, apoyar, señalar culpables, aceptar medidas extraordinarias).
- Desactiva: reduce matices, desgasta el debate, estrecha el margen de duda.
Lo más interesante vendría después: el miedo rara vez se presenta como miedo. Suele disfrazarse de “realismo”, de “sentido común”, de “previsión”. Y eso lo vuelve más persuasivo.
Un mecanismo viejo con nombre nuevo
En el Renacimiento, El príncipe ya planteaba la idea de que el temor podía ser más fiable que el afecto para sostener autoridad. No se trataba de un elogio del terror sin freno, sino de una constatación práctica: cuando la estabilidad depende del ánimo cambiante de la gente, el miedo es una moneda que circula rápido.
Desde entonces, la historia política ha repetido una estructura reconocible:
El enemigo como relato
Toda política del miedo necesita un enemigo. A veces es externo (una potencia rival, una amenaza militar). A veces es interno (minorías, disidentes, “traidores”). En ambos casos, el enemigo cumple un papel narrativo: explica el malestar, lo concentra en una figura y simplifica la complejidad.
La excepción como solución
El miedo también abre la puerta a lo excepcional: medidas “temporales” que, bajo presión, parecen inevitables. Cuando algo se “convierte en amenaza”, cambia el tipo de política que se considera aceptable. El lenguaje se endurece. El debate se estrecha. Lo extraordinario se vuelve rutina.
La propaganda como infraestructura
Para que el miedo sea eficaz, necesita circulación. No basta con sentirlo: hay que sostenerlo, alimentarlo, mantenerlo disponible. Ahí aparece la propaganda —no como un simple cartel vintage, sino como un sistema: selección de datos, repetición, encuadre, omisión, dramatización.
Un ejemplo histórico evidente fue el uso sistemático de la propaganda en los grandes conflictos del siglo XX, donde el enemigo no solo era militar, sino moral y existencial. El miedo no se limitaba al campo de batalla: se instalaba en la vida cotidiana, en los medios, en el lenguaje.
La lógica no ha desaparecido. Solo ha cambiado de soporte.
Por qué el miedo convence incluso cuando sospechamos de él
El miedo tiene una ventaja competitiva: actúa antes que el pensamiento elaborado. Cuando la amenaza se siente cercana, la mente busca atajos.
En ese estado, se vuelven más atractivas tres promesas políticas:
“Yo te protejo”
El miedo empuja a buscar figuras fuertes, mensajes contundentes, respuestas rápidas. La ambigüedad se percibe como debilidad.
“Esto es culpa de alguien”
La incertidumbre desespera. La explicación simple tranquiliza, aunque sea falsa o incompleta.
“Si dudas, pierdes”
El miedo penaliza la pausa. Hace que pensar parezca una traición al grupo o un lujo irresponsable.
Y aquí aparece un detalle clave: el miedo no necesita inventarse desde cero. Puede construirse con fragmentos reales. Basta con estirar una estadística, escoger un caso extremo, repetir un titular, amplificar una amenaza hasta convertirla en atmósfera.
Del discurso público a la era de la viralidad
Durante siglos, la política del miedo dependía de plazas, púlpitos, periódicos, radio o televisión. Había intermediarios. Había ritmos.
Hoy, el miedo tiene algo que antes no tenía: un sistema de distribución automatizado.

El incentivo emocional
En internet, lo que genera reacción tiende a ganar visibilidad. Y pocas emociones generan reacción tan rápido como la alarma. El miedo se comparte, se comenta, se discute, se pelea. Tiene gasolina incorporada.
Por eso, en el ecosistema digital, el miedo no es solo un recurso político: es también una estrategia de atención. Titulares más dramáticos compiten mejor. Mensajes más tajantes viajan más lejos. La indignación y la amenaza se convierten en una moneda social.
Un caso contemporáneo frecuente es el uso de campañas digitales que enfatizan riesgos culturales o económicos mediante vídeos cortos, cifras descontextualizadas o casos extremos convertidos en norma. No siempre inventan la amenaza: la exageran hasta hacerla omnipresente.
La cámara de eco
Cuando el contenido que vemos refuerza lo que ya creemos, la amenaza se intensifica. Si “el otro” es presentado como peligro una y otra vez, deja de ser un adversario para convertirse en una amenaza existencial.
¿Y qué ocurrió después? Que el miedo pasó de ser un estado ocasional a convertirse, para muchas personas, en un fondo permanente: una sensación de urgencia que acompaña el día a día.
La política del miedo hoy: más rápida, más precisa, menos visible
En el siglo XXI, el miedo se emplea para hablar de fronteras, crisis económicas, terrorismo, pandemias, cambio cultural o inseguridad. No porque todo sea mentira, sino porque el marco de amenaza es extraordinariamente útil.
La diferencia contemporánea está en tres factores:
Escala
Un mensaje alarmista puede alcanzar millones en minutos.
Segmentación
El mismo tema puede presentarse de forma distinta según el público: a unos se les activa el miedo económico, a otros el miedo cultural, a otros el miedo a la inseguridad.
Fatiga
Cuando el miedo es constante, desgasta. Y una sociedad fatigada discute peor, escucha menos y se refugia más en certezas simples.
El coste democrático de vivir en modo alerta
La política del miedo no solo influye en lo que votamos. Influye en cómo pensamos.
- Reduce la tolerancia al desacuerdo.
- Normaliza el lenguaje de amenaza.
- Desplaza el debate desde los matices hacia los bandos.
- Convierte la complejidad en sospecha.
En un entorno saturado de estímulos, quizá el verdadero reto no sea “dejar de tener miedo”, sino aprender a identificar cuándo nos lo están administrando.
Porque el miedo, cuando se instala como forma de gobierno, no necesita convencerte de una idea concreta. Le basta con algo más simple: que aceptes que no hay tiempo para pensar.
Y cuando una sociedad deja de pensar con calma, el poder ya no necesita gritar.
Enlaces de interés
- Stanford Encyclopedia of Philosophy: Niccolò Machiavelli
- Encyclopaedia Britannica: Propaganda | Definition, History, Techniques, Examples, & Facts
- PNAS: Emotion shapes the diffusion of moralized content in social networks
- El País: El regreso del miedo
- CIDOB: La verdad en las democracias algorítmicas
Nota: La primera imagen que acompañan este artículo ha sido generada y editada con fines exclusivamente ilustrativos.