Los pretorianos: la guardia que aprendió a fabricar emperadores

Un emperador romano podía gobernar millones de personas, movilizar legiones y decidir el destino de provincias enteras. Sin embargo, su supervivencia dependía a menudo de los soldados que custodiaban los accesos al palacio. Los pretorianos nacieron para proteger al césar, pero acabaron descubriendo algo mucho más peligroso: en determinadas circunstancias, también podían reemplazarlo.

Relieve romano con varios soldados pretorianos vestidos con armaduras y cascos ornamentados.
Guardias pretorianos en un relieve romano. © Peter Horree/Alamy

Una guardia para un monarca que no quería parecerlo

Augusto construyó el nuevo régimen sobre una contradicción. Tras imponerse en las guerras civiles, concentró un poder extraordinario, aunque evitó presentarse como un rey. Roma conservaba el Senado, las magistraturas y buena parte del lenguaje político de la República, pero la autoridad real descansaba sobre un solo hombre.

Denario de Octavio Augusto
Denario de Augusto. — © Edu Estéllez

El emperador necesitaba protección. No obstante, rodearse abiertamente de soldados dentro de la capital habría recordado demasiado a una ocupación militar. Augusto convirtió entonces las antiguas escoltas de campaña en una guardia permanente formada inicialmente por nueve cohortes. Solo una parte permanecía en Roma; el resto se distribuía por otras ciudades de Italia.

El término procedía de la cohors praetoria, el grupo escogido que acompañaba a los generales republicanos y protegía el praetorium, su tienda o puesto de mando. Bajo el Imperio, aquella escolta temporal se convirtió en un cuerpo estable al servicio del gobernante.

Los pretorianos protegían al emperador y a su familia, custodiaban lugares estratégicos, participaban en campañas y podían recibir encargos especialmente delicados. Su verdadera importancia, sin embargo, no procedía únicamente de su capacidad militar. Eran soldados privilegiados situados mucho más cerca del poder que las legiones desplegadas en las fronteras.

El campamento que cambió las reglas

El gran salto político de la Guardia se produjo durante el reinado de Tiberio. En el año 23 d. C., las cohortes fueron concentradas en el Castra Praetoria, un recinto militar construido en las inmediaciones de Roma por iniciativa de Lucio Elio Sejano, prefecto del pretorio y uno de los hombres más influyentes del régimen.

Hasta entonces, los distintos destacamentos habían permanecido dispersos. A partir de aquel momento compartieron alojamiento, disciplina, mandos e intereses. La concentración permitía responder con rapidez ante una emergencia, pero también convirtió a los pretorianos en un cuerpo mucho más cohesionado y consciente de su fuerza.

Miles de soldados armados quedaban acuartelados cerca del palacio, del Senado y de los principales centros políticos de la capital.

Sejano comprendió las posibilidades de aquella posición. Mientras Tiberio permanecía retirado en Capri, el prefecto acumuló influencia y desplazó a numerosos adversarios. Su caída en el año 31 demostró que controlar la Guardia no bastaba para conquistar el trono, pero también dejó claro que ningún aspirante al poder podía ignorarla.

Privilegios a cambio de lealtad

Servir en la Guardia Pretoriana resultaba mucho más atractivo que hacerlo en una legión destinada en Britania, Siria o el Danubio. Sus integrantes recibían una paga superior, cumplían menos años de servicio y permanecían cerca de Roma, donde las oportunidades económicas y profesionales eran mayores.

A estos privilegios se sumaban las gratificaciones extraordinarias. Los emperadores podían entregar un donativum a los soldados con motivo de una proclamación, una victoria militar o un acontecimiento importante para la familia imperial.

Las recompensas no eran una rareza dentro del ejército romano. Los generales llevaban siglos premiando a sus tropas. El problema apareció cuando los pretorianos comprendieron que su cercanía al palacio les permitía negociar directamente el precio de su apoyo.

Las legiones provinciales podían proclamar emperador a un general victorioso. La Guardia, en cambio, estaba presente cuando moría el gobernante. Podía cerrar el palacio, controlar los accesos, proteger a un candidato y presentar al Senado una decisión prácticamente irreversible.

Claudio, el emperador encontrado tras una cortina

El 24 de enero del año 41, Calígula fue atacado en un pasadizo del complejo imperial. Entre los principales conspiradores se encontraba Casio Querea, tribuno de la Guardia Pretoriana al que el emperador había humillado repetidamente.

No fue la Guardia en su conjunto la que organizó el magnicidio, sino un grupo de oficiales y soldados integrado en una conspiración más amplia. Aun así, el episodio reveló una realidad alarmante: algunos de los hombres encargados de proteger al emperador habían participado directamente en su muerte.

El asesinato abrió un vacío de poder. Una parte del Senado creyó que podía restaurar la República, pero los senadores fueron incapaces de alcanzar rápidamente un acuerdo.

Según Suetonio, Claudio, tío del emperador asesinado, se escondió aterrorizado entre unas cortinas del palacio. Un soldado vio sus pies, lo obligó a salir y, después de reconocerlo, lo saludó como emperador. Claudio fue conducido al campamento pretoriano, donde quedó bajo protección militar.

La escena posee todos los elementos de una historia construida para ser recordada, por lo que conviene tratarla como el relato de una fuente antigua, no como una descripción indiscutible de cada detalle. Lo esencial, sin embargo, está bien establecido: los pretorianos protegieron a Claudio y le juraron fidelidad antes de que el Senado hubiera resuelto la crisis.

Suetonio afirma que Claudio prometió 15.000 sestercios a cada soldado. No fue el primer gobernante romano que recompensó a sus tropas, pero su proclamación quedó estrechamente vinculada a una gratificación destinada a asegurar el apoyo de la Guardia.

Claudio pertenecía a la familia imperial y ofrecía una salida razonable al conflicto. No fue un desconocido colocado arbitrariamente en el trono. Sin embargo, su ascenso dejó un precedente peligroso: los pretorianos habían demostrado que podían adelantarse al Senado y convertir su preferencia en una realidad política.

El precedente se convierte en amenaza

La proclamación de Claudio no significó que la Guardia controlara desde entonces todas las sucesiones. Muchos emperadores gobernaron durante años sin sufrir conspiraciones pretorianas, y la mayor parte de sus integrantes cumplió sus funciones sin participar en golpes palaciegos.

Pero el precedente ya existía.

Los soldados sabían que podían influir en una sucesión y los emperadores entendían que debían conservar su lealtad. Cada nuevo donativum reforzaba una relación en la que protección, dinero y legitimidad quedaban peligrosamente unidos.

Aun así, el poder pretoriano tenía límites. La Guardia dominaba el entorno inmediato de Roma, pero no controlaba las legiones de Germania, Britania, Siria, África o el Danubio. Podía colocar a un hombre en el palacio, aunque mantenerlo allí exigía que otros ejércitos aceptaran su autoridad.

Esa diferencia quedó al descubierto en el año 193.

Pertinax y los 87 días que condujeron al desastre

Cómodo fue asesinado el 31 de diciembre del año 192 como resultado de una conspiración palaciega en la que participó el prefecto del pretorio Quinto Emilio Leto. El trono pasó entonces a Publio Helvio Pertinax, un senador de amplia experiencia militar y administrativa.

El nuevo emperador intentó restaurar la disciplina y sanear unas finanzas deterioradas. También prometió una gratificación de 12.000 sestercios a cada pretoriano. Dión Casio sostiene que terminó entregando esa cantidad, aunque seguía siendo inferior a otros pagos recibidos por los soldados en sucesiones anteriores.

El conflicto no se redujo, por tanto, a la ausencia de dinero. La tensión surgió de una combinación más compleja: las reformas de Pertinax, su intento de recuperar la disciplina, la reducción de determinados privilegios y las expectativas de una Guardia acostumbrada a recibir concesiones.

El 28 de marzo del año 193, unos doscientos pretorianos irrumpieron en el palacio con las espadas desenvainadas. Pertinax podría haber intentado huir o resistir, pero decidió enfrentarse a ellos con un discurso.

Durante unos instantes pareció que sus palabras podían detenerlos. Los soldados bajaron la mirada y devolvieron las espadas a sus vainas. Entonces uno de ellos se adelantó, atacó al emperador y arrastró al resto.

Pertinax fue asesinado después de 87 días de gobierno. Su cabeza quedó clavada en una lanza y fue exhibida por Roma.

Lo sucedido después convertiría a la Guardia Pretoriana en uno de los grandes símbolos de la corrupción del poder imperial.

El día en que Roma salió a subasta

Tras asesinar a Pertinax, los pretorianos necesitaban encontrar un nuevo emperador. Dos hombres compitieron por su apoyo: Tito Flavio Sulpiciano, prefecto de la ciudad y suegro del gobernante muerto, y el acaudalado senador Didio Juliano.

Sulpiciano negoció desde el interior del campamento. Didio Juliano lo hizo inicialmente desde las puertas, elevando la cantidad que entregaría a cada soldado si era proclamado.

Dión Casio, testigo de aquella época, describió la escena como una auténtica subasta. Según su relato, Sulpiciano llegó a ofrecer 20.000 sestercios por pretoriano. Juliano respondió elevando de una sola vez la promesa hasta los 25.000.

Las fuentes antiguas no coinciden plenamente en todos los detalles, pero sí en lo esencial: los soldados entregaron el poder al candidato que prometió pagarles más.

Didio Juliano entró en el campamento, fue proclamado emperador y acudió después al Senado rodeado de hombres armados. Los senadores reconocieron su autoridad en una sesión dominada por el miedo.

Sin embargo, Juliano había comprado el apoyo de la Guardia, no la obediencia del Imperio.

Las legiones provinciales rechazaron la proclamación y apoyaron a sus propios candidatos. Entre ellos se encontraba Septimio Severo, gobernador de Panonia Superior y comandante de un poderoso ejército danubiano.

Mientras Severo avanzaba hacia Italia, el régimen de Juliano se desmoronó. Los pretorianos arrestaron a los responsables directos del asesinato de Pertinax y el Senado condenó a muerte al emperador que había reconocido semanas antes.

Didio Juliano fue ejecutado a comienzos de junio del año 193. Según Dión Casio, había reinado 66 días.

La subasta había mostrado tanto el poder como la debilidad de la Guardia. Sus integrantes podían fabricar un emperador dentro de Roma, pero no podían obligar a todos los ejércitos del Imperio a obedecerlo.

Septimio Severo humilla a los guardianes del palacio

Septimio Severo llegó a las puertas de Roma como vencedor. Antes de entrar en la ciudad, decidió neutralizar a la Guardia que había asesinado a Pertinax y vendido el trono.

Denario de Septimio Severo.
Denario de Septimio Severo. — © Edu Estéllez

Según Herodiano, ordenó a los pretorianos que dejaran sus armas en el campamento y acudieran vestidos de ceremonia, como si fueran a participar en una recepción oficial. Los soldados obedecieron, convencidos de que podrían conservar sus puestos.

Cuando llegaron al lugar señalado, las tropas de Severo los rodearon.

El emperador les reprochó el asesinato de Pertinax, el incumplimiento de su juramento y la venta del poder imperial. Después ordenó que fueran expulsados del cuerpo, despojados de sus uniformes e insignias y alejados de Roma. A quienes regresaran a menos de cien millas de la capital les esperaba la muerte.

La escena fue una humillación cuidadosamente calculada. Severo no necesitó librar una batalla contra ellos. Los atrajo desarmados, los rodeó y les arrebató públicamente la condición privilegiada de la que habían abusado.

Sin embargo, no eliminó la institución. Reconstruyó la Guardia con soldados procedentes de sus propias fuerzas danubianas, hombres cuya posición dependía directamente de él.

La decisión resumía la contradicción que acompañó siempre a los pretorianos. Eran peligrosos, pero continuaban siendo útiles. Severo no destruyó el instrumento: cambió a quienes lo manejaban.

¿Por qué ningún emperador acabó antes con ellos?

La respuesta se encontraba en la fragilidad del sistema imperial.

Roma nunca estableció unas reglas de sucesión completamente claras. El poder podía pasar a un hijo, a un pariente, a un heredero adoptado o a un general respaldado por sus tropas. Cuando un emperador moría sin dejar un sucesor indiscutible, comenzaba una competición entre la familia imperial, el Senado, los altos funcionarios y el ejército.

Los pretorianos contaban con una ventaja decisiva: estaban presentes desde el primer momento.

Ninguna ley les concedía el derecho a elegir emperadores. Su poder no era constitucional, sino práctico. Podían controlar el palacio, custodiar a un candidato y actuar antes de que las legiones provinciales conocieran siquiera la noticia de la muerte del gobernante.

La Guardia no fue una anomalía que corrompió por sí sola un sistema perfectamente estable. Fue el producto de una monarquía que conservaba formas republicanas, carecía de una sucesión regulada y dependía, en último término, de la fidelidad militar.

Los pretorianos aprendieron a explotar esas contradicciones.

Constantino pone fin a tres siglos de poder

La Guardia sobrevivió a conspiraciones, purgas y cambios de dinastía. En el año 306 participó en la proclamación de Majencio, que consiguió hacerse con el control de Roma y gran parte de Italia.

Moneda romana de Constantino I Magno.
Moneda de Constantino I Magno. — © Edu Estéllez

Seis años después, Constantino avanzó contra él. El enfrentamiento decisivo se produjo el 28 de octubre del año 312, en la batalla del Puente Milvio. Majencio fue derrotado y murió durante la retirada.

Los pretorianos habían combatido en el bando perdedor.

Constantino tomó entonces una decisión definitiva. Disolvió la Guardia, dispersó a sus integrantes y ordenó desmantelar el Castra Praetoria como base operativa del cuerpo. La institución creada bajo Augusto desaparecía después de más de tres siglos.

Constantino podía hacerlo porque no dependía de ellos. Había conquistado Roma al frente de otro ejército y disponía de nuevas fuerzas en las que sostener su autoridad.

Solo un vencedor llegado desde fuera pudo acabar definitivamente con los guardianes del palacio.

La guardia que reveló el secreto de Roma

Los pretorianos no pasaron toda su historia asesinando emperadores ni vendiendo el trono. Fueron escoltas, combatientes, agentes imperiales y soldados profesionales. Protegieron a numerosos gobernantes y participaron en campañas lejos de la capital.

Pero su posición les permitió comprender una verdad incómoda.

Detrás de los discursos del Senado, las ceremonias y los títulos imperiales, el poder dependía en último término de hombres armados. Cuando la sucesión era incierta, los soldados más próximos al palacio podían decidir antes que nadie quién debía ocuparlo.

La proclamación de Claudio demostró que la Guardia podía contribuir a crear un emperador. La muerte de Pertinax y la subasta de Didio Juliano mostraron hasta dónde podía llegar esa capacidad. Septimio Severo expuso sus límites y Constantino acabó con la institución cuando ya disponía de otras fuerzas sobre las que sostener su poder.

Los pretorianos nacieron para proteger al emperador. Su historia cambió cuando comprendieron que también podían decidir quién merecía serlo.


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