Enrique IV de Castilla: retrato de un rey mal juzgado

Pocos reyes de Castilla arrastran una reputación tan dura como la de Enrique IV: seis siglos de crónicas lo han descrito como débil, manipulable y, sobre todo, el Impotente. Sus propios nobles llegaron a destronarlo en efigie, sobre un tablado. Pero detrás de esa leyenda hay algo más: un juicio histórico que la ciencia reciente empieza a corregir.

Retrato artístico de Enrique IV de Castilla con corona y vestimenta real dorada, en un interior palaciego medieval con arquitectura y estandartes de Castilla.

Heredero de una corona inestable

Enrique nació en Valladolid el 5 de enero de 1425, hijo de Juan II de Castilla y de María de Aragón. Lo juraron heredero siendo apenas un niño, en una corte donde la autoridad real llevaba décadas erosionada por la nobleza. Esa misma corte había estado dominada casi cuarenta años por Álvaro de Luna, el valido de su padre, al que Juan II acabó mandando decapitar en 1453, un año antes de morir él mismo. Los cronistas de la época hablan de un muchacho enfermizo y retraído, dado a la melancolía. Nada que, en otras circunstancias, hubiera importado demasiado. Pero esos mismos rasgos, con el tiempo, se convirtieron en arma arrojadiza.

El matrimonio que lo persiguió toda la vida

En 1440, con quince años, Enrique se casó con Blanca II de Navarra. El matrimonio, pactado años atrás por razones de Estado, nunca llegó a consumarse, o al menos eso sostuvo la Iglesia: en mayo de 1453 el obispo de Segovia lo declaró nulo por impotencia, atribuida a un supuesto maleficio, y el papa Nicolás V ratificó la anulación meses después.

En mayo de 1455 se casó en Córdoba con Juana de Portugal. El matrimonio tardó casi siete años en dar un fruto público: la infanta Juana nació el 28 de febrero de 1462. Y ahí arrancó el problema. Si Enrique había sido incapaz de consumar su primer matrimonio, ¿de dónde salía esa hija?

La sombra de Beltrán de la Cueva

La respuesta que corrió por los mentideros de la corte tenía nombre propio: Beltrán de la Cueva. Entrado como paje, se había convertido hacia 1461 en el hombre de mayor confianza del rey, hasta recibir el maestrazgo de la Orden de Santiago en 1464, uno de los cargos más codiciados de Castilla.

Busto del rey Enrique IV en anverso de moneda de un real de plata.
Busto de Enrique IV de Castilla en un real. — © Edu Estéllez

El favoritismo desmedido alimentó los rumores de que era él, y no Enrique, el verdadero padre de la infanta Juana. La acusación bastó para que la niña quedara marcada de por vida con el apodo de la Beltraneja y para que su legitimidad como heredera se convirtiera en el arma política más eficaz contra su padre. La presión llegó a forzar la salida de Beltrán de la corte en 1464, aunque volvió al servicio real al año siguiente. Ningún historiador ha podido probar, ni entonces ni ahora, si aquella acusación tenía fundamento real o era simple munición política.

Corona y campos de batalla

Todo esto ocurría con Enrique ya en el trono: había sido proclamado rey el 22 de julio de 1454, un día después de morir su padre. Entre 1455 y 1458 lanzó varias campañas contra el Reino de Granada: más incursiones de desgaste que batallas decisivas, que no dejaron conquistas duraderas y que, lejos de contentar a la nobleza, la irritaron por su coste y por el protagonismo de los favoritos reales, Juan Pacheco y Pedro Girón. En 1462 los catalanes, en plena guerra civil contra Juan II de Aragón, lo nombraron señor del Principado. Duró apenas diez meses: en 1463, por arbitraje del rey francés Luis XI, renunció a Cataluña a cambio de un territorio en Navarra.

La Farsa de Ávila: el destronamiento que no fue

El cabecilla de la conjura no era un desconocido: Juan Pacheco, marqués de Villena, había sido el favorito del rey hasta que Beltrán de la Cueva lo desplazó, y ahora lideraba a quienes querían destronarlo. El 5 de junio de 1465, Pacheco escenificó en Ávila, junto a los arzobispos de Toledo, Sevilla y Santiago y varios condes, uno de los episodios más insólitos de la historia castellana. Sobre un tablado colocaron una estatua de madera vestida de luto, coronada y armada como un rey. Hubo misa. Hubo lectura pública de acusaciones: que simpatizaba con los musulmanes, que era homosexual, que tenía un carácter débil, que no era el padre biológico de Juana. Después, el arzobispo le retiró la corona, el conde de Plasencia le arrancó la espada y el conde de Benavente le quitó el bastón de mando. La efigie cayó de una patada. Entre vítores, aclamaron rey al infante Alfonso, hermanastro de Enrique, que tenía once años.

Fue un golpe de Estado sin sangre, pensado como puro teatro político. No salió como esperaban sus autores: Enrique conservó la corona, y lo que siguió fue una guerra civil, no una sucesión.

Cuando Castilla se partió en dos

Castilla quedó dividida entre partidarios de Enrique y del niño-rey Alfonso, y el conflicto se resolvió en el campo de batalla. En la segunda batalla de Olmedo, en 1467, las tropas leales a Enrique se impusieron, aunque sin fuerza suficiente para acabar con la rebelión. Alfonso murió poco después, el 5 de julio de 1468, con apenas tres años como rey nominal de una facción del reino. Las crónicas oficiales hablaron de peste; la sospecha de un envenenamiento nunca llegó a disiparse.

Muerto Alfonso, los nobles rebeldes se volcaron hacia la otra hermanastra de Enrique, Isabel. En 1468 ambos firmaron el Tratado de los Toros de Guisando: Enrique la reconocía como heredera, relegando de nuevo a su propia hija Juana. No sirvió de mucho. En 1469 Isabel se casó en secreto en Valladolid con Fernando de Aragón, sin pedir permiso a su hermano, y Enrique respondió declarando otra vez heredera a Juana, esta vez en Val de Lozoya. Solo en 1473, con el reinado casi agotado, una reconciliación orquestada por Andrés de Cabrera devolvió algo de calma a la corte.

Segovia, la ciudad que sí amó

Frente al relato de intrigas y traiciones hay un Enrique IV menos conocido: el mecenas. Sintió predilección por Segovia, ciudad que había recibido de su padre siendo príncipe, y allí volcó buena parte de su patrocinio artístico incluso en los años más convulsos del reinado. Bajo su impulso se levantaron el monasterio de San Antonio el Real y el de Santa María del Parral, además del palacio real de San Martín y varias reformas en el propio Alcázar. No pudo controlar a sus nobles, pero en Segovia dejó una huella arquitectónica que todavía puede visitarse.

Murió sin resolver nada

Enrique murió el 11 de diciembre de 1474 en el Alcázar de Madrid. Tenía cuarenta y nueve años, semanas antes de cumplir los cincuenta, y llevaba tiempo aquejado de hijada y piedra, dolencias renales en el lenguaje de la época. Dos meses antes había fallecido Juan Pacheco, marqués de Villena, el noble que más había condicionado su reinado. Dejó sin resolver, además, su situación matrimonial con Juana de Portugal, y su testamento desapareció poco después; la tradición sostiene que acabó en Portugal. Lo enterraron en el Monasterio de Guadalupe, en Cáceres.

Tampoco el pulso por el trono quedó resuelto: entre Isabel, ya reina, y Juana, apoyada por Portugal, estalló la Guerra de Sucesión Castellana, que duraría hasta 1479.

La revisión que le devuelve la voz

Durante siglos, Enrique IV ha sido el contrapunto oscuro de la brillante Isabel la Católica: un rey débil, manipulable y tachado de estéril. Los estudios más recientes matizan buena parte de ese retrato. La historiadora Pilar Fernández Vinuesa lo describe como un monarca pacifista, bondadoso y clemente, rodeado de adversarios que convirtieron su fragilidad física en arma política.

Esa fragilidad tiene, además, una posible explicación médica. Investigaciones sobre sus restos apuntan a un posible síndrome de McCune-Albright, causante de acromegalia, cifosis y trastornos endocrinos. El urólogo Emilio Maganto Pavón fue más allá: relacionó sus manos desproporcionadamente grandes y sus dificultades de movimiento con un problema hormonal de origen tumoral. Ninguna de estas investigaciones ha logrado cerrar la pregunta que más lo atormentó en vida: si fue o no el padre de Juana la Beltraneja. Ese misterio, seis siglos después, sigue sin resolverse.

Moneda de un plata de real, acuñada por Enrique IV de Castilla en Segovia
Real de plata acuñado por Enrique IV de la ceca de Segovia. — © Edu Estéllez

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Nota: La primera ilustración que acompaña este artículo fue creada y editada con fines exclusivamente ilustrativos.