Trajano, el hispano que llevó Roma a su máxima extensión

Nació lejos de Roma, en una ciudad de la Bética que ni siquiera era la capital de la provincia. Y sin embargo acabó gobernando un imperio que se extendía desde Escocia hasta el golfo Pérsico. La historia de Trajano es la de un hombre que no debía llegar a lo más alto y que, una vez allí, cambió para siempre el mapa del mundo antiguo.

Trajano y Dacia, Arco de Trajano en Benevento, 114 d. C. Trajano levanta la provincia conquistada de Dacia.
Trajano y Dacia, Arco de Trajano en Benevento. © World History Archive/Alamy

Un niño de Itálica con sangre de soldado

Marco Ulpio Trajano nació el 18 de septiembre del año 53 en Itálica, muy cerca de la actual Sevilla, en el seno de la gens Ulpia. No era una familia cualquiera: su padre, homónimo suyo, había alcanzado el rango de senador y se había ganado el favor imperial como comandante de legión durante la primera guerra judía. Ese apellido abrió puertas, pero fue Trajano quien las cruzó por mérito propio.

Pasó una década larga como tribuno militar, sirviendo junto a su padre en Siria antes de rodar por distintas provincias del imperio. Fue cuestor, pretor y, finalmente, legado de una legión en la Tarraconense. Desde allí, en el año 89, respaldó a Domiciano frente a un motín militar que había estallado a cientos de kilómetros de distancia, en el Rin. Para cuando llegó a gobernador de Germania Superior, ya era de sobra conocido en los cuarteles como un militar sobrio, disciplinado y de fiar. Justo lo que Roma necesitaba en ese momento, aunque todavía nadie lo supiera.

Calle en las ruinas romanas de Itálica.
Calle de la antigua ciudad romana de Itálica. — © Edu Estéllez
Casa de los pájaros en Itálica.
Mosaicos en la Casa de los Pájaros en Itálica. — © Edu Estéllez

De gobernador de provincia a emperador de Roma

El asesinato de Domiciano en el año 96 dejó el trono en manos de Nerva, un senador anciano, sin hijos y sin el respaldo del ejército. Su reinado, algo más de un año, fue tenso: una revuelta de la Guardia Pretoriana terminó por convencerlo de que su única salida era adoptar a un heredero con prestigio militar. En octubre del 97, Trajano —entonces al frente de Germania— recibió la noticia de su adopción sin haber tratado apenas a Nerva en persona. Cuando el anciano emperador murió, el 27 de enero del año 98, Trajano se convirtió en el segundo emperador romano nacido fuera de Italia —décadas antes lo había sido Claudio, en la Galia—. Sí fue, en cambio, el primero cuya familia llevaba generaciones instalada en una provincia, y no en Italia.

No corrió hacia Roma a reclamar el trono. Se quedó más de un año vigilando las fronteras del Rin y el Danubio, y no entró en la ciudad hasta el año 99 —a pie, mezclado con la multitud, en lugar de sobre un carro triunfal— un gesto que el Senado y el pueblo interpretaron como prudencia y no como debilidad. Esa misma reputación de gobernante sereno le valdría, con el tiempo, el título de Optimus Princeps —»el mejor de los príncipes»— honor que ningún otro emperador recibiría con tanta unanimidad. Durante más de un siglo, a los nuevos césares se les desearía ser «más afortunados que Augusto y mejores que Trajano».

Dacia, la guerra que no admitía medias tintas

El primer gran desafío militar de su reinado llegó del norte del Danubio. El reino dacio de Decébalo llevaba años desafiando a Roma, y Domiciano había tenido que comprar la paz con subsidios anuales. Trajano no estaba dispuesto a mantener esa humillación. En el año 101 cruzó el Danubio al mando del mayor ejército que Roma había reunido desde los tiempos de Augusto —las fuentes antiguas y los estudios actuales no se ponen de acuerdo en su tamaño exacto, pero todos hablan de varias legiones y decenas de miles de soldados— y venció a los dacios en Tapae.

La guerra, sin embargo, no terminó ahí: aquel invierno los dacios lanzaron un contraataque sobre Mesia que las legiones repelieron en una dura batalla en Adamclisi, y no fue hasta la primavera del año siguiente, 102, cuando Decébalo, ya sin margen de maniobra, aceptó una paz humillante. Un respiro, nada más: la rompió en cuanto pudo, rearmándose y buscando nuevos aliados.

La segunda guerra, entre 105 y 106, fue distinta. Trajano encargó al arquitecto Apolodoro de Damasco un puente permanente sobre el Danubio en Drobeta, una obra de piedra de más de un kilómetro que permitió a las legiones cruzar el río sin depender de barcazas. El ejército avanzó en varias columnas, fue tomando fortalezas dacias una a una y logró cercar Sarmizegetusa Regia, la capital. Decébalo, acorralado, se quitó la vida antes de ser capturado.

Dacia se convirtió en provincia romana y sus minas de oro llenaron las arcas imperiales lo suficiente como para financiar el mayor programa constructivo que Roma había visto en décadas: el Foro de Trajano, sus Mercados y la columna que aún hoy narra la campaña en piedra tallada, con las cenizas del emperador reposando en su base.

Casi al mismo tiempo, sin que hiciera falta una sola legión, el reino nabateo se incorporó al imperio como la nueva provincia de Arabia Pétrea: no toda la expansión de Trajano llegó a sangre y fuego.

El sueño de Alejandro: la campaña contra los partos

Con Dacia asegurada, Trajano volvió la mirada hacia el este, donde el imperio parto llevaba más de un siglo disputando a Roma el control de Armenia y Mesopotamia. En el año 114 exigió la abdicación de Partamasiris, el rey armenio impuesto por los partos. Este se presentó ante él sin resistencia, depositando su diadema a los pies del emperador en señal de sumisión; Trajano no se conformó con el gesto, lo hizo escoltar de regreso a su territorio y, según Dión Casio, ordenó que lo mataran por el camino. Armenia quedó convertida en provincia romana.

Después avanzó hacia el sur, tomando Babilonia, Seleucia y, en el 116, la propia capital enemiga, Ctesifonte. Llegó hasta el golfo Pérsico y, según la tradición, lamentó ser ya demasiado mayor para seguir los pasos de Alejandro Magno hasta la India.

Fue el punto más lejano que alcanzó jamás el poder romano en oriente. Armenia, Mesopotamia y Asiria pasaron a ser provincias del imperio, y el Senado lo honró con el título de Parthicus. El territorio bajo dominio romano llegó entonces a su mayor tamaño de toda su historia, desde las brumas de Britania hasta ese mismo golfo Pérsico. Pero la victoria resultó frágil: apenas se alejaban las legiones, estallaban revueltas en las ciudades recién conquistadas —hubo que enviar tropas incluso hasta Egipto y Cirenaica para aplacarlas— y Seleucia tuvo que ser arrasada para sofocar un levantamiento.

Una muerte en el camino de vuelta

A comienzos del 117, la salud de Trajano se deterioró de forma notable. Dejó el mando de las operaciones en manos de Adriano, gobernador de Siria, y emprendió el regreso a Roma por mar. Nunca llegó. Su estado empeoró durante la travesía y tuvo que desembarcar en Selinunte, en la costa de Cilicia, donde murió el 9 de agosto del año 117. Sus cenizas viajaron de vuelta a Roma para descansar bajo la columna que celebraba su mayor triunfo militar.

Adriano, su sucesor, heredó un imperio inmenso pero difícil de sostener en sus fronteras más nuevas. Optó por renunciar a Armenia, Mesopotamia y Asiria, devolviendo al Éufrates su antiguo papel de frontera oriental. La máxima extensión territorial de Roma, alcanzada solo en los últimos años de su reinado, apenas sobrevivió a Trajano.

Puente romano de Alcántara. Extremadura.
Puente romano de Alcántara. Extremadura. — © Edu Estéllez
Columnas de la basílica de Baelo Claudia con la estatua de Trajano y la duna de Bolonia al fondo.
Basílica de Baelo Claudia, presidida por la estatua de Trajano. — © Edu Estéllez

El legado de un hispano en el trono

Más allá de las conquistas, a Trajano se le recordó por un gobierno que combinó mano firme y sensibilidad social: impulsó el alimenta, un programa de ayudas para la infancia pobre de Italia, mejoró puertos y calzadas, y mantuvo una relación fluida con el Senado que contrastaba con el autoritarismo de Domiciano. Su Itálica natal, y también la de Adriano, recibió el honor de convertirse en colonia y se amplió con un anfiteatro, termas y foros que hoy pueden visitarse como yacimiento arqueológico en Santiponce,a las afueras de Sevilla.

Casi dos mil años después, el nombre de Trajano sigue apareciendo en foros, columnas y puentes que atraviesan medio continente. Pocos gobernantes de la Antigüedad dejaron una huella tan literal sobre el mapa de Europa y Oriente Próximo como aquel niño nacido en una ciudad bética, lejos de Roma y, aun así, destinado a llevarla más lejos que nadie.

Denario del emperador Trajano
Denario del emperador Trajano. — © Edu Estéllez

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