Roma ardía con frecuencia. Sus calles estrechas y sus insulae de madera apiladas convertían cualquier noche en una amenaza latente, y durante siglos la única respuesta fue la improvisación y el negocio privado. Augusto acabó con eso: creó los vigiles, una de las primeras fuerzas públicas permanentes de la historia capaz de apagar un incendio y, esa misma noche, perseguir a un ladrón por las calles a oscuras.

De los negocios turbios a la primera brigada del Estado
Antes de que existiera un servicio oficial, apagar un fuego en Roma podía ser, literalmente, un negocio. El cónsul Marco Licinio Craso llegó a construir parte de su fortuna con una cuadrilla de esclavos que solo intervenía si el propietario del inmueble en llamas aceptaba vendérselo al instante y a precio de saldo. Más tarde, el edil Marco Egnacio Rufo organizó una brigada que trabajaba gratis, aunque con un objetivo bien calculado: ganarse el favor popular para labrarse una carrera política.
Ninguno de los dos sistemas resultaba fiable, así que Augusto tomó cartas en el asunto. Hacia el año 22 a. C. creó un primer cuerpo de 600 esclavos estatales dedicados a la extinción de incendios, inspirándose en los servicios que ya existían en Alejandría. No fue suficiente. En el año 6 d. C., tras un incendio especialmente destructivo, el emperador dio el paso definitivo: fundó la militia vigilum, una fuerza permanente, profesional y pagada con fondos públicos.
Siete cohortes para catorce regiones
Los vigiles se organizaron en siete cohortes, cada una responsable de dos de las catorce regiones administrativas en que Augusto había dividido la ciudad. Al frente de todo el cuerpo estaba el praefectus vigilum, un cargo de confianza del emperador, normalmente un militar del orden ecuestre, subordinado al praefectus urbi. Un tribuno comandaba cada cohorte, que a su vez se dividía en siete centurias al mando de otros tantos centuriones.
El número de efectivos creció con rapidez: de los 600 esclavos iniciales se pasó a cerca de 3.500 hombres, aunque algunas fuentes elevan la cifra a varios miles más en los momentos de mayor despliegue. Al principio se reclutaba a libertos, antiguos esclavos que veían en el cuerpo una vía de ascenso social; con el tiempo, y con la promesa de la ciudadanía romana tras varios años de servicio, empezaron a incorporarse también hombres libres atraídos por la paga y las ventajas de servir en la capital.
Cada cohorte contaba con su propio cuartel, la statio, y con puestos de vigilancia menores repartidos por el barrio, los excubitoria, desde donde se podía dar la alarma con rapidez. Aún hoy pueden reconocerse los restos de la séptima cohorte en el Trastevere, un edificio de planta cuadrangular organizado en torno a un patio central porticado.

Herramientas contra el fuego
La lucha contra los incendios exigía una especialización que hoy resulta sorprendentemente moderna. Dentro de cada cohorte existían distintos oficios: los aquarii se encargaban de abastecer y transportar el agua, los siphonarii manejaban las bombas y mangueras, los centonarii empapaban en vinagre grandes mantas con las que sofocaban por asfixia los fuegos menores, y los sebaciarii iluminaban con antorchas el trabajo nocturno de sus compañeros.
El equipo se completaba con cubos de cuero, hachas, sierras, ganchos y las perticae, largas pértigas que servían tanto para sostener estructuras en peligro como para derribarlas y crear un cortafuegos improvisado. Las esponjas humedecían superficies, las escalas permitían alcanzar los pisos superiores de las insulae, y los carros cisterna suministraban agua a los siphones, bombas portátiles que la proyectaban a presión sobre el fuego.
Nada de esto habría servido sin un sistema de alerta rápido. Los vigiles patrullaban de noche precisamente para detectar el primer indicio de humo, conscientes de que en una ciudad de callejones estrechos y edificios de madera un fuego pequeño podía convertirse en catástrofe en cuestión de minutos. El incendio del año 64 d. C., que arrasó buena parte de la ciudad y que la tradición ha vinculado al nombre de Nerón, quedó grabado en la memoria colectiva como el ejemplo extremo de lo que estaba en juego cada noche.
Guardianes de la noche romana
La misión de los vigiles no terminaba con el fuego. Su lema, ubi dolor ibi vigiles —allí donde hay dolor están los vigilantes—, resumía bien una vocación que iba más allá de la extinción de incendios. Durante la noche patrullaban las calles para hacer frente a incendiarios, ladrones, asaltantes y raptores, funcionando de facto como la única fuerza policial visible en las horas en que Roma quedaba a oscuras.
Cuando detenían a un sospechoso, lo conducían ante el praefectus urbi, encargado de impartir justicia. Con el tiempo, sobre todo a partir del siglo II bajo Trajano, el prefecto de los vigiles obtuvo también potestad para investigar y abrir procesos judiciales contra los sospechosos de haber provocado un incendio, una competencia que reforzaba el peso institucional del cuerpo.
Aun así, la eficacia real de los vigiles como policía nocturna fue objeto de crítica ya en su propia época. La inseguridad nocturna siguió siendo una preocupación constante en la Roma imperial pese a su presencia en las calles, y no faltaba quien sospechara que los vigiles estaban más pendientes de vigilar el humo que de perseguir a los rateros. La combinación de dos misiones tan distintas —bomberos y policía— bajo un mismo cuerpo generaba, inevitablemente, tensiones sobre dónde poner el esfuerzo cada noche.
Un cuerpo militarizado hasta el final del Imperio
Con el paso de las décadas, los vigiles fueron adquiriendo una estructura cada vez más cercana a la de una unidad militar regular. El emperador Septimio Severo terminó de integrar el cuerpo en el organigrama del ejército, y algunos de sus miembros recibieron exenciones fiscales como reconocimiento a los riesgos de un oficio que combinaba el fuego, la violencia callejera y las largas guardias nocturnas.
El servicio no era sencillo. Implicaba vigilias tanto nocturnas como diurnas, entrenamiento constante y el mantenimiento minucioso de un equipo del que podía depender la vida de miles de vecinos. A cambio, ofrecía algo muy valioso en la Roma imperial: la posibilidad de ingresar después en cuerpos de mayor prestigio, como la Guardia Urbana o la propia Guardia Pretoriana, y para muchos libertos, el camino más directo hacia la ciudadanía romana plena.
Los vigiles entraron en decadencia a partir del siglo IV, lastrados por las dificultades logísticas y el alto coste de mantener un cuerpo tan numeroso, y acabaron desapareciendo en el siglo V. Pero su legado resultó extraordinariamente duradero. Fueron, en la práctica, uno de los primeros cuerpos de bomberos profesionales y estatales de la historia, y uno de los primeros ejemplos de policía urbana organizada de forma permanente. Cada vez que un camión de bomberos actual recorre una calle de madrugada, hay un eco lejano de aquellas cohortes que, hace dos mil años, patrullaban Roma con cubos, hachas y antorchas, atentas al primer destello de un incendio o al primer grito pidiendo auxilio.
Enlaces de interés
- National Geographic Historia: Los vigiles, el cuerpo de bomberos de la antigua Roma
- National Geographic Historia: Imposible pegar ojo: la agitada vida nocturna en la antigua Roma
- Infobae: Así prevenían los bomberos de la antigua Roma los incendios en una ciudad superpoblada y construida con materiales inflamables
- Al Loro: Las cohortes urbanas: guardianes del orden en la Roma imperial
- Wikipedia: Vigiles
- World History Encyclopedia: Los vigiles
- Al Loro: Los pretorianos: la guardia que aprendió a fabricar emperadores
Nota: La primera ilustración que acompaña este artículo ha sido generada y editada con fines exclusivamente ilustrativos.