Misterio en los mares que brillan de noche

La noche del 2 de agosto de 2019, el velero Ganesha entró en unas aguas que parecían cubiertas de nieve. La Luna no era visible. El océano brillaba hasta el horizonte y la ola de proa se recortaba oscura sobre aquella claridad. Sus ocupantes estaban atravesando un mar lechoso: un fenómeno real cuya existencia hemos podido confirmar, pero cuyo funcionamiento todavía no comprendemos del todo.

Ilustración de un velero junto al límite entre aguas oscuras y un mar lechoso de resplandor bioluminiscente.

Una noche con el mar más claro que el cielo

El Ganesha navegaba entre Lombok, en Indonesia, y las islas Cocos, en el océano Índico. A bordo viajaban siete personas. Su encuentro con las aguas luminosas comenzó hacia las nueve de la noche y se prolongó hasta el amanecer, durante unas ocho horas. La tripulación dejó constancia del episodio en el cuaderno de navegación y consiguió fotografiarlo.

Tiempo después, al conocer las investigaciones sobre una enorme región luminosa detectada desde el espacio al sur de Java, sus integrantes contactaron con los científicos. El cruce de las posiciones del velero con las imágenes orbitales permitió relacionar ambas observaciones. El estudio publicado en PNAS en 2022 reunió así dos perspectivas de un mismo acontecimiento: la de quienes lo atravesaron y la de los instrumentos que lo registraron desde arriba. El resplandor tenía una ubicación comprobable y unos testigos que habían navegado dentro de él.

Qué distingue a un mar lechoso de las olas azules

Las fotografías de playas con rompientes azules han popularizado la bioluminiscencia marina: la producción de luz mediante reacciones químicas en organismos vivos. En muchos de esos espectáculos intervienen dinoflagelados, organismos microscópicos capaces de emitir destellos cuando el agua se agita. Una ola, una pisada o el paso de una embarcación pueden desencadenarlos.

Los mares lechosos presentan otro comportamiento: su resplandor abarca grandes extensiones de agua, es relativamente uniforme y puede mantenerse incluso con el mar tranquilo. Esa diferencia resulta esencial para investigarlos: compartir la capacidad de emitir luz no significa que todos los fenómenos luminosos del océano tengan el mismo origen.

También hay una particularidad en su color. Aunque su nombre evoca una blancura láctea, los testigos han descrito tonalidades verdosas y azuladas. La adaptación de nuestros ojos a la oscuridad influye en esa percepción: con poca iluminación intervienen especialmente los bastones, células de la retina que no distinguen colores. Una emisión coloreada puede parecernos blanquecina, pero esa explicación no debe aplicarse por igual a todos los avistamientos. En el Ganesha, la tripulación también percibió color en el resplandor.

La pista de unas bacterias diminutas

La principal explicación científica apunta a bacterias bioluminiscentes. Su capacidad para producir una luz sostenida encaja con las descripciones de los navegantes. Aquí entra en juego un mecanismo llamado quorum sensing, o percepción de cuórum: las bacterias liberan sustancias químicas al entorno y, cuando esas señales alcanzan determinadas concentraciones, pueden activar respuestas colectivas, incluida la producción de luz.

El desafío consiste en explicar cómo se dan esas condiciones en mar abierto, donde el agua dispersa tanto los microorganismos como sus señales. Una hipótesis propone que las bacterias se concentran sobre partículas de materia orgánica, formando pequeños núcleos donde la comunicación química resulta viable. Multiplicar esos núcleos a una escala inmensa podría producir el resplandor continuo. Pero conocer un mecanismo capaz de generar luz no equivale a haber explicado cómo se organiza un mar lechoso completo. La hipótesis necesita contrastarse con observaciones y muestras de estos episodios.

Un fenómeno de dimensiones difíciles de imaginar

En 1985, un buque de investigación encontró por casualidad aguas lechosas en el mar Arábigo. El análisis de las muestras permitió identificar bacterias luminosas Vibrio harveyi asociadas a microalgas del género Phaeocystis. Fue una pista importante, aunque insuficiente para explicar todos los casos. Otra pieza llegó de un episodio de 1995, frente a Somalia: las imágenes de satélite, analizadas posteriormente, mostraron una región luminosa de unos 15.400 kilómetros cuadrados, compatible con el recorrido descrito por el mercante Lima.

El caso de Java de 2019 llevó la escala todavía más lejos: aproximadamente 100.000 kilómetros cuadrados, una extensión comparable a la de Islandia. El análisis situó su duración en al menos 45 noches, aunque la luz lunar interrumpió parte del seguimiento. Estos resultados, recogidos en un estudio de Scientific Reports de 2021, mostraron el potencial de los sensores nocturnos para localizar el fenómeno. También dejaron preguntas fundamentales abiertas: qué microorganismos contienen esas aguas, cómo se distribuyen y qué permite mantener la luminosidad durante tanto tiempo.

Cuatro siglos de testimonios, con sus límites

En 2025, Justin Hudson y Steven D. Miller publicaron una base de datos que reunió 415 observaciones con información suficiente para situarlas en el tiempo y en el espacio, combinando documentos históricos y registros de satélites. La cifra corresponde a observaciones, no necesariamente a 415 episodios independientes. Tampoco todas ofrecen la misma certeza: los autores clasificaron 35 registros con confianza baja o muy baja. El trabajo permitió explorar relaciones con grandes patrones oceánicos y atmosféricos, como El Niño y el dipolo del océano Índico, para identificar condiciones favorables y mejorar la búsqueda.

Sin embargo, el mapa conserva las limitaciones de sus fuentes. Los barcos observaban donde navegaban, sobre todo en rutas comerciales. Además, predominan los testimonios en inglés y los registros están repartidos de forma desigual entre épocas. Una zona con pocas anotaciones puede ser una zona poco observada. Los satélites también tienen restricciones: la nubosidad y la iluminación lunar dificultan las detecciones. Por eso, reconstruir la frecuencia real del fenómeno exige distinguir entre lo que ocurre en el océano y lo que nuestros sistemas consiguen registrar.

El siguiente paso es llegar mientras sigue brillando

La investigación necesita estudiar el fenómeno mientras está activo. Localizar una región luminosa desde el espacio puede permitir que una expedición se dirija hacia ella, en lugar de depender de un encuentro fortuito. El trabajo exigiría combinar observaciones de la luz con muestras de agua y mediciones de las condiciones ambientales, tanto a distintas profundidades como a ambos lados del límite entre las aguas luminosas y las oscuras.

La enorme escala del fenómeno contrasta con lo poco que sabemos de sus procesos físicos y biológicos. Incluso su papel dentro del ecosistema marino permanece abierto. Podemos señalar una mancha luminosa en una imagen orbital y reconstruir el recorrido de un barco que la atravesó. Todavía nos falta confirmar qué organismos intervienen y cómo se genera y mantiene un resplandor de semejante escala.

Los navegantes dejaron escrita su sorpresa. Ahora toca llegar con los instrumentos adecuados antes de que el océano vuelva a apagarse.


Enlaces de interés

Nota: La imagen que acompaña este artículo ha sido generada con IA y editada con fines ilustrativos; no es una fotografía de un episodio real.